Seis muertos y cien heridos en la tragedia de “Conservas Peña”

Poco a poco el área más occidental de Galicia se iba enganchando al progreso de los nuevos tiempos en la década de los años sesenta del pasado siglo. Iba agrandándose así una enorme brecha que parecía pretender dividir al territorio gallego en dos mitades muy diferenciadas, tal cual fuese el estado alemán. Un área occidental próspera, cuanto más al sur más se hacía potente esa prosperidad, mientras que la oriental continuaba siendo un territorio pobre y atrasado. Además, al igual que sucedía con la distribución de la riqueza, en este caso las más meridionales y más al este eran las que se llevaban la peor parte.

En el entorno occidental gallego, concretamente al suroeste, habían florecido ya algunas industrias pesqueras que gozaban de un gran arraigo, que requerían de una gran mano de obra. A todo ello se añadía el hecho que muchas de estas empresas daban trabajo a centenares de mujeres, que se iban incorporando al mundo laboral en un tiempo en que desde la corriente más rancia del sistema se veía con muy malos ojos que las féminas se incorporasen al mundo laboral. Era frecuente que desde el oficialismo franquista se insistiese en que el papel de la mujer debía reducirse exclusivamente al hogar, cuidando de los muchos hijos que les rogaban que tuviesen. Sin embargo, ya había surgido una postura contestataria desde distintos sectores que abogaban por una lógica incorporación de la mujer al mundo laboral, pues solamente las mentes más obtusas seguían negando de forma irracional su capacidad para hacer frente a muchas de las más variadas tareas.

En una conocida empresa conservera gallega de la época, situada entre las localidades de Portonovo y Sanxenxo, que daba empleo a más de un centenar de trabajadores, se produciría un grave accidente, proseguido de una posterior explosión, que costaría la vida a un total de seis personas en la tarde del 17 de noviembre de 1962. Además, otras cien resultarían heridas de diversa consideración, entre los que se encontraba el propietario de dicha empresa, José Peña Oubiña.

Dos niños muertos

Entre los fallecidos en tan dramático siniestro se encontraban dos niños, que, en ese momento, se encontraban jugando con otros muchachos de sus misma edad mientras aguardaban por la llegada de sus respectivas progenitoras. Al parecer, la muerte les sobrevino al quedar sepultados en medio de los escombros y los cascotes que se habían producido como consecuencia de una infortunada explosión que tuvo su origen en la caldera. Los informes oficiales indicaban que el fogonero que estaba al tanto de esta última no se había percatado que la misma se encontraba vacía, por lo que aumentó su presión al volver de forma repentina el agua al recipiente. El encargado de la caldera fallecería prácticamente en el acto, además de quedar espantosamente mutilado su cadáver como consecuencia de la deflagración.

La empresa en su totalidad, que constaba de una sola nave, se vino abajo a raíz de la explosión en la que, además, resultarían heridos otros cien trabajadores de diversa consideración. Algunos de ellos presentaban un pronóstico muy grave, si bien es cierto que, por suerte, no hubo que lamentar más víctimas mortales. Todos los heridos serían atendidos en el Hospital Provincial, así como a otras clínicas de la ciudad del Lérez.

Las instalaciones de la conservera quedarían completamente destruidas e inservibles a causa de ese suceso que impactaría de sobremanera en todo el área geográfica de As Rías Baixas y en el resto de Galicia. En las horas posteriores al siniestro, tanto agentes de la Guardia Civil como grupos de personas que acudieron al auxilio de los heridos examinaron de forma muy rigurosa los escombros a los que había quedado reducida la antigua empresa por si hubiese quedado sepultado entre los mismos algún trabajador más. Por fortuna, no hubo que lamentar más víctimas mortales, que no fueron pocas.

Las pérdidas materiales se elevaban a varios millones de pesetas de la época, aunque pocos se pensaban a parar en eso, máxime cuando había sido un trágico accidente que había costado la vida a seis personas, entre los que se encontraban dos hijos de empleadas que esperaban a sus respectivas madres. Pese a todo, la actividad empresarial de José Peña Oubiña proseguiría su andadura, consolidando un emporio en su sector que harían de él uno de los empresarios más prósperos y acreditados del mundo conservero.

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Mata a su hija de cinco años y se suicida

Desgraciadamente, los casos en los que los niños se convierten en las víctimas colaterales de las disputas de las parejas se cuentan por decenas, cuando no son el principal objeto de litigio entre ambos cónyuges. Todos los años son asesinados miles de criaturas en todo el planeta debido a las diatribas existentes entre sus progenitores, incapaces de saldar de forma civilizada sus diferencias. La prensa es testigo de múltiples casos en los que impacta de sobremanera el crimen cometido sobre un inocente menor que sufre así directamente las consecuencias de un suceso que debería afectarles en un grado mínimo.

Un hecho de estas características acontecía en A Coruña el día 30 de mayo de 1993 en el que un padre José Regueiro Ortigueira daba muerte a su hija de cinco años, María Regueiro Parafita, para después suicidarse. El triste y desgraciado acontecimiento sobrecogería a una ciudad que todavía sentía muy de cerca otro crimen en el que poco más de un año antes había tenido como protagonista a otro menor, a quien había dado muerte una vecina suya, pasando a conocerse popularmente como “el crimen de la maleta”, ya que había sido en un equipaje de estas características en el que la asesina había introducido el cuerpo de la víctima.

El autor del crimen y suicida regentaba un conocido negocio de hostelería, conocido como “Bar Kesington” en la calle Marqués de Figueroa de la ciudad herculina, muy cerca de su estación de ferrocarril. Prácticamente, desde que la criatura había venido al mundo, se había ocupado siempre de ella, pues se encontraba separado de su esposa. Sin embargo, se dice que como consecuencia de una sentencia judicial desfavorable acabaría provocando una trágica y cruel venganza en la persona de su hija de tan solo cinco años de edad.

“Cerrado por defunción”

Una empleada del local de hostelería que regentaba José Regueiro se vio profundamente sorprendida a primeras horas de la mañana del lunes, 31 de mayo de 1993, al encontrarse con un cartel en la puerta de entrada en el que podía leerse de forma sobreimpresionada “cerrado por defunción”, lo que generaría la sorpresa y posterior preocupación de la mujer, que hasta ese momento desconocía lo que había sucedido. Enseguida avisaría a un hermano del propietario del bar, quien también ignoraba a lo que podría aludir el cartel en cuestión.

Ante las sospechas de que pudiese haber ocurrido alguna desgracia, el hermano de Regueiro Ortigueira abrió el local con las llaves que disponía del mismo para encontrarse con la trágica y dantesca escena del crimen. El dueño del local aparecería ahorcado con un cinturón de una bata que había anudado a una barandilla, en tanto que el pequeño cuerpo de su hija, que estaba recostado sobre una silla, presentaba síntomas de haber sido estrangulada con una cuerda.

Inmediatamente después de haber descubierto aquella brutal y desagradable escena se comenzaron a suceder distintas hipótesis y versiones sobre las causas que habrían llevado a José Regueiro a tomar tan dramática y cruel decisión. En un principio se hablaba de que este hombre se encontraría en una más que problemática situación económica que le habría empujado a matar a su hija para después suicidarse.

Pasadas las horas, comenzó a tomar cuerpo la tesis de que recientemente el asesino y suicida se habría visto privado de la patria potestad que ejercía sobre la pequeña, tras una denuncia presentada por su progenitora. Los tribunales habrían tomado la decisión de retirarle la custodia de la niña, de la que él se había encargado desde que era un bebé, con apenas tres meses de vida.

Independientemente de cuáles hubiesen sido los motivos que pesaron en la conciencia de José Regueiro Ortigueira, lo cierto es que nos encontramos una vez más con un ejercicio siniestro de la sinrazón realizado sobre víctimas inocentes que no entienden sobre decisiones judiciales ni tampoco de esas otras que muchas veces se ceban con sus vidas, tomadas por unos progenitores que no son capaces de razonar y comprender que los pequeños son seres de lo más absolutamente inocentes que se puedan imaginar.

El trágico destino de Pinturero, el torero paracaidista de Lugo

Luís Ríos Losada, “Pinturero”

De todos es sabido que el hecho de que haya un torero gallego, y más aún de la provincia de Lugo, es algo similar a encontrar petróleo en la ría del Eo. Si me apuran diría que es todavía más raro que una lluvia literal de billetes de 500 euros, sin exagerar ni un ápice. A lo largo de la historia solamente se conocen dos diestros en la historia de la provincia. El más célebre de todos fue Alfonso Cela Vieito, conocido como “Celita”, el único matador gallego en tomar la alternativa. También se dedicarían al mundo del toreo tanto su hermano como su sobrino, que sería conocido como “Celita II”, pero que no llegarían a tomar la alternativa. Todos ellos eran oriundos de la localidad de Carracedo, en el municipio lucense de Láncara, del mismo de dónde procede toda la estirpe del desaparecido dictador cubano Fidel Castro. “Celita” fallecería en 1932 a la temprana edad de 47 años.

Diez años después del óbito del torero lancarino nacería en el lucense barrio del Carmen, Luis Ríos Losada, quien vino al mundo un día de San Fermín del año 1942, en plena Posguerra, pareciendo un presagio del destino que le invitaba a vestir el traje de luces. Tal vez el hecho de nacer en un tiempo en el que el precio de las cosas se cobraban con el popular “patacón” hicieron que “Pinturero” pensase que a él el hambre, como a casi todos los de su generación, también les corneaba y muy duro, en una época en la que nadie se preguntaba qué iba a comer, sino si iba a comer, algo que es completamente distinto.

En ese ambiente de un popular barrio lucense es en el que transcurre la dura infancia y posterior juventud de Luis Ríos, quien en la década de los sesenta tratará de hacerse un hueco en el siempre difícil y controvertido mundo de los toros en el que estaba todo o casi todo inventado. Por aquel entonces triunfaba un diestro andaluz Manuel Benítez, conocido popularmente como “El Cordobés”, quien había sacado de quicio a los más ortodoxos del mundo taurino, con un nuevo estilo impregnado de unas nuevas maneras que eran vistas como una violación de los principios más tradicionales de la tauromaquia por quienes anidan en el graderío número 7 de los principales cosos del país, provistos de su inefable habano en los labios, en tanto que en el fondo luce un impresionante y sobrio cartel publicitario pintado en enormes letras teñidas de un rojo chillón, que parece invitar a sangre, en las que puede leerse un anuncio de “González&Byas”. Sin más.

Para triunfar en las plazas de toros debe hacer algo diferente hasta lo que ahora han visto hasta ahora los entendidos aficionados que en las soleadas tardes de verano las abarrotan. A Luis Ríos, que será conocido como “Pinturero” no se le ocurre mejor cosa que lidiar aquellos impresionantes morlacos de las distintas ganaderías más conocidas del país descendiendo en paracaídas, lo que, además de muy arriesgado, no deja de ser una revolucionaria innovación en el siempre riguroso y clásico mundo taurino, mucho más arriesgado si cabe que el famoso “salto de la rana”, que tan popular hiciera al diestro Manuel Benítez.

Debut en Monforte de Lemos

El 25 de julio de 1966, día de Galicia aunque por aquel entonces se celebraba el día de Santiago Apóstol Patrón de España, se organiza una becerrada en Monforte de Lemos, dándose cita algunos diestros de la época, aunque son todos espadas de segunda fila. Entre ellos se cita “Celita II”, el sobrino del único matador gallego que había tomado la alternativa. Pese a todo, las críticas sobre aquel espectáculo taurino en una improvisada plaza de toros son muy buenas y todos los participantes se hacen acreedores a los máximos galardones que concede el tribunal, a quien se le nota cierta manga ancha con los diestros.

Dónde se efectuará su verdadero bautismo taurino será en la plaza de toros de Getafe, en Madrid. Luis Ríos, que había aprendido a lanzarse en paracaídas en la Escuela de Alcantarilla, en Murcia, dónde había llegado incluso a ser instructor de vuelo, se verá abocado a un pequeño fracaso ante miles de aficionados, que se frustran al ver cómo una impresionante ráfaga de viento se lleva de sus ojos al torero gallego, quien cae sobre un descampado. Aún así, perseguido por una nube de jóvenes muchachos que le persiguen en su marcha hasta el coso getafense. Pone más voluntad y tesón que arte, pues el toro le derriba diez veces, aunque terminará matándolo.

Empeño no le faltaba al torero lucense, quien conocerá a un empresario colombiano en Salamanca, Roger Alan, quien no duda en augurarle un extraordinario éxito en su país. Tras un penoso viaje, en el que transporta los útiles de su profesión, entre los que se encuentran distintas herramientas de arreglar máquinas de escribir, llegaría por fin a su cita americana en la que se le prometía cobrar una suculenta suma de dinero para aquellos tiempos. Nada más y nada menos que 3.500 pesos colombianos, unos 300 euros actuales o lo que es lo mismo 50.000 pesetas de la época en la que ganar mil pesetas mensuales para cualquier ciudadano era todo un reto.

Muerte en Cartagena de Indias

En la plaza de toros de La Serrezuela, en Cartagena de Indias, todo está previsto para que aquel domingo 18 de diciembre de 1966 Luis Ríos descienda de la avioneta a la que se ha subido para lanzarse al coso provisto de su muleta y así enfrentarse al correspondiente toro. La expectación es máxima y lo que se había previsto como una corrida familiar se convierte en un singular festejo que será relatado por todos los periódicos locales de la época.

Sin embargo, algo sale mal en su descenso ante la afición colombiana, al igual que había acontecido en Getafe. “Pinturero” se lanza sobre el coso cartagenero desde 2.000 metros de altura. A 400 acciona su paracaídas, pero de nuevo se encontrará en su contra con un viento del noroeste que le aleja de su objetivo. Para descender con más rapidez, se ha calzado unas pesadas botas, que van a resultar determinantes en su trágica suerte. Los miles de espectadores que abarrotan la plaza colombiana contemplan estupefactos como el torero desaparece de sus visitas. La fatalidad hace que “Pinturero” vaya a caer al mar Caribe en el que se ahogará, tal vez debido al peso de su equipaje, así como también por rehusar la utilización de salvavidas.

Un marinero, que le ha visto caer en las aguas del mar, tratará de ayudarle, pero Luis Ríos se ha enredado en el paracaídas, a lo que se une su escasa pericia en las aguas, que no son precisamente el cielo que el domina perfectamente. Su cadáver será recuperado inmediatamente, una vez que el mar lo ha escupido a las orillas de aquella playa a la que unos siglos antes habían arribado los conquistadores españoles. En ella se desvanecía el sueño de un peculiar personaje de la historia de Galicia, quien permanecerá sepultado en tierras sudamericanas durante 16 años, hasta que en 1982 son repatriados sus restos mortales al cementerio de San Froilán, en su ciudad natal de Lugo.

21 muertos en la tragedia aérea de “La Mujer Muerta”

Restos del avión siniestrado en el pico de “La Mujer Muerta”

En los años cincuenta del pasado siglo el mero hecho de volar representaba todavía una gran aventura, además de estar al alcance de muy pocos bolsillos. Se sucedían todavía, de cuando en vez, las catástrofes aéreas que dejaban siempre tras de si un reguero innumerable de víctimas mortales, a lo que se sumaban otras circunstancias, tales como la incertidumbre de cómo habrían fallecido los pasajeros. Eran muchos los que todavía consideraban al avión como un medio de transporte muy inseguro, pese a que las estadísticas ya reflejaban que el número de siniestros era, porcentualmente, muy inferior a los accidentes de automóvil. A todo ello, se unía también una cierta espectacularidad de cada tragedia aérea, que solía ilustrar las primeras páginas de los distintos rotativos de la época, siendo muy significativa la ocurrida con el equipo de fútbol del Manchester United, que perdería a una gran parte de sus efectivos en el accidente del Munich del año 1958.

En el mismo año que tuvo lugar la tragedia de Munich, se produjo una de similares características en la sierra segoviana conocida como “La Mujer Muerta”, así denominada por imitar la orografía en sus formas un cuerpo humano femenino. El día 4 de diciembre de 1958, cuando pasaban algunos minutos de las cinco y media de la tarde, desde las distintas torres de control, perdieron las señales del avión cuatrimotor “Languedoc” perteneciente a la compañía aérea AVIACO, que cubría el trayecto entre el puerto vigués de Peinador, desde dónde había despegado a las cinco menos cuarto de la tarde, y el madrileño de Barajas. La última comunicación que se había tenido con la aeronave se había producido en el momento en que esta sobrevolaba la provincia de Salamanca.

Incertidumbre y misterio

Desde la pérdida de la comunicación del avión con las distintas bases aéreas, se inició un período de gran incertidumbre a tenor de la suerte que podrían haber corrido los pasajeros que iban a bordo de aquel avión, aunque todos se imaginaban que podría haber sucedido lo peor. La aeronave había presentado ya algunos problemas antes de aterrizar en Galicia, en el viaje de ida, ya que no pudo hacerlo en el aeropuerto del sur, debiendo hacerlo en el de Santiago de Compostela. A todo ello se unían las advertencias que habían hecho los comandantes del avión, quienes habían apercibido a los pasajeros de las dificultades que presentaba, máxime cuando ellos mismos eran conocedores de las dificultades a las que se enfrentaban con la meteorología adversa. Era prácticamente el triste presagio de un accidente anunciado.

Durante dos días, los españoles de la época tuvieron el alma en vilo, al no tener noticia alguna de aquel avión, cuyos restos serían encontrados por un mozo que se dedicaba al pastoreo de rebaños de cabras y ovejas, Luciano Otero, quien se convertiría en testigo de excepción del dramático suceso. A lo largo del tiempo en que estuvo desaparecido, los investigadores no habían podido acceder al lugar del siniestro, debido a las adversas condiciones meteorológicas, a las que se responsabilizaría directamente de aquel trágico siniestro. En aquellos días, además de la densa niebla que cubría todo el área montañosa, se sumaban también las constantes tormentas de nieve que se sucedían y que hacían imposible acceder al lugar en el que se encontraba el aparato siniestrado, además de desconocerse sus coordenadas.

Al parecer, el accidente se produjo debido a que el piloto, José Calvo, un profesional muy experimentado, se vio obligado a descender de forma extrema la aeronave hasta los 1.200 metros, no contando que había alguna altitud en la sierra segoviana que superaba esa altura. Una de ellas era el pico de Pasapán, en el terreno conocido como La Mujer Muerta, contra el que impactaría la aeronave, pereciendo prácticamente en el acto todos sus pasajeros. Un total de 17 morirían como consecuencia de la explosión y posterior incendio del avión, en tanto que tres de ellos salieron despedidos desde la cabina de mandos, entre ellos una joven azafata de 18 años, Maribel Sastre, que iba al cargo de dos niñas pequeñas, de nueve y diez años respectivamente, a quienes sus padres, que eran de Pontevedra, esperaban en el aeropuerto madrileño de Barajas.

Tras días de intensa búsqueda, en los que no se escatimaron todo tipo de esfuerzos movilizando a centenares de personas, personal del ejército incluido, por fin serían hallados los restos del avión, convertido en un impresionante amasijo de hierros, muchos de ellos completamente chamuscados, a consecuencia del incendio posterior al impacto contra el macizo rocoso. Asimismo serían encontrados los cuerpos de la totalidad del pasaje, que eran mayoritariamente gallegos. Entre los fallecidos en este siniestro se encontraban los marqueses de Leis, el ex alcalde de Sanxenxo y el ex futbolista del Celta de Vigo, Ramiro Paredes, conocido deportivamente como “Pareditas”.

El misterio de la azafata

Al gran misterio suscitado por la desaparición del avión, se sumó en esta ocasión el de una joven azafata de 18 años, Maribel Sastre, originaria de Barcelona, que era hija única y que se terminaría convirtiendo en una especie de mito de esta tragedia. Al parecer, su cuerpo era uno de los tres que habían salido despedidos del avión, apareciendo recostado sobre un peñasco a cierta distancia de dónde había aparecido el amasijo de hierros a los que había sido reducido el avión.

En un principio, a raíz de las condiciones en las que se produjo el hallazgo de su cuerpo, se especuló con la posibilidad de que esta mujer hubiese sobrevivido al siniestro y que, dadas las dificultades que entrañaban las labores de rescate, hubiese perecido como consecuencia del frío, ya que en aquellos días la climatología era el principal enemigo a batir. A todo ello se añadía también que, según algunos comentarios, a su lado se habría encontrado un paraguas, con el que trataría de protegerse de las fuertes tormentas de agua y nieve que se estaban sufriendo en aquellas jornadas. Sin embargo, nada de esto resultó ser cierto y lo más probable es que la azafata hubiese muerto como consecuencia del impacto al salir despedida de la aeronave. Incluso, con relación a la suerte que pudo haber corrido, se escribieron algunas obras literarias, así como también se hicieron algunos documentales, lo que la convertiría en una heroína anónima, aunque tan solo fuese por cuestión del azar.

Lo que si se encontró en medio de la nieve fue una gran cantidad de marisco, cuyo destino era Madrid, ya que se encontraban a las puertas las fiestas navideñas. Así lo relató Luciano Otero, el testigo de excepción de aquel trágico siniestro. Por haber dado conocimiento del suceso a las autoridades, este hombre sería galardonado con un diploma, un mes de permiso cuando se incorporase al servicio militar y mil pesetas de la época, eso si con la correspondiente retención por parte de Hacienda. Y es que menos da una piedra. Además, el pobre Luciano, tal y como relató muchas veces, vivió a lo largo de su vida con el triste recuerdo del drama acontecido en las montañas castellanas, con lo que llevar a pastar su ganado ovino y caprino hasta aquellos lares dejó de ser lo mismo. No era para menos.

Un crimen con recompensa en Campo Lameiro

De todos es sabido que los tiempos de la Posguerra, principalmente aquellos más inmediatos a la conclusión del conflicto fueron los peores años de la historia contemporánea de España. En Galicia serían conocidos como “os anos da fame”. Una gran parte de la población española de la época carecía del más elemental sustento, a lo que se sumaba una creciente especulación con los precios de los artículos de primera necesidad provocada por el mercado negro, popularmente conocido como estraperlo. Nadie se escapaba a los terribles y temibles efectos de una economía en retroceso, a la que se añadía un conflicto mundial que se libraba a tan solo unos kilómetros de los Pirineos.

Pese a que se vivía en una férrea y cruel dictadura, en la que supuestamente no se movía nadie, no dejaban de sucederse algunos episodios sangrientos, que, en muchos casos, llevaban a sus autores al patíbulo. Sin embargo, esto último no era óbice para que hubiese personajes que traspasasen esa temida línea roja, que podía significar la condena a muerte, produciéndose algún que otro hecho siniestro.

Ese fue el caso de un crimen ocurrido en la localidad de Campo Lameiro, en el interior de la provincia de Pontevedra, un municipio colindante con el de A Estrada, que es el más significativo de cuantos le rodean. Este suceso, ocurrido el 23 de febrero de 1943, tardaría hasta diez años en ser resuelto por parte de los investigadores, debido a que a lo largo de ese período de tiempo estuvo rodeado de un cierto halo de misterio. Tal vez el hecho de que fuese descubierto con una década de retraso salvó a su autor de morir en el garrote vil, debido a que en ese tiempo se realizaron algunas modificaciones en el código penal, entre ellas la de que todos los casos de homicidio fuesen juzgados bajo jurisdicción militar. Desde 1950, esa competencia quedó exclusivamente reservada a los tribunales ordinarios, en tanto que los castrenses entenderían únicamente de lo que acontecía en el estamento estrictamente militar.

Desavenencias

En Campo Lameiro eran conocidas las desavenencias entre una sobrina, María Adelia Rodríguez Peña y su tío Jesús Rodríguez Castro. Las mismas podrían estar motivadas por cuestiones de carácter patrimonial, ya que, al parecer, este último no habría legado bien alguno a su familiar o, cuando menos, no tenía la intención de testar a su favor. Para evitar que esto se produjese, la mujer contrató los servicios de un tercero, Edelmiro Peña Torres, para que diese muerte a su tío.

Este último recibió la nada despreciable cantidad de 500 pesetas por acabar con la vida del ascendiente de María Adelia Peña. Lo hizo de una forma que se puede considerar tradicional en Galicia, ya que para ello utilizó una azada con la que asesinó al pobre hombre, quien vivía solo. Su cuerpo inerte sería descubierto por los vecinos, pero jamás pudieron imaginar quien podría estar detrás de aquel crimen. Ni mucho menos se les pasaba por su mente que el autor actuase bajo la motivación de una recompensa económica.

En un principio se investigó a varios vecinos de la zona, que resultaron ser todos inocentes. Tardarían casi diez años para encontrar una pista fiable que llevase a los investigadores a dar con el presunto autor. Se dice que alguien sospechaba de Edelmiro Peña, quien mantendría una estrecha amistad con la instigadora del asesinato. A todo ello se sumaban las desavenencias que mantenían María Adelía y Jesús Castro, que estaban en boca de todos los vecinos.

Sea como fuere, lo cierto es que a finales del año 1952 fue detenido el autor del crimen, quien, en un primer momento, se confesó autor del asesinato por el que estaba siendo investigado. Sin embargo, en el transcurso del juicio que se celebró en su contra, en el mes de marzo del año 1953, negaría en todo momento los hechos que se le imputaban. Declararía que si se reconoció el crimen era porque había perdido la razón. De la misma forma, también María Adelia Rodríguez negaría cualquier relación con el crimen que, diez años antes, había conmocionado a la pequeña localidad de Campo Lameiro.

Sin embargo, de nada les sirvieron sus evasivas, ya que ambos individuos serían condenados por la Audiencia Provincial de Pontevedra, en sentencia firme, a la pena de 30 años de reclusión mayor. Además, deberían indemnizar a los familiares de la víctima, de forma conjunta y solidaria, con la cantidad de 25.000 pesetas, además de tener que hacerle frente a las costas procesales.

Doce niños muertos en un accidente de autobús escolar

Funeral por los niños fallecidos en Vilamartín de Valdeorras(Ourense)

En el año 1977 a España había llegado una incipiente democracia que prometía muchas cosas de las que se había visto privado el país a lo largo de más de cuatro décadas. La principal era la libertad que había estado secuestrada por una larga y longeva dictadura, la última que quedaba en Europa occidental, que parecía haberse eternizado. Pero, los vientos de cambio llegaron, con retraso, pero al fin y al cabo las nuevas generaciones de españoles iban a poder vivir en paz y libertad, liberados ya del viejo yugo al que habían permanecido unidos durante 40 años.

Aquellos vientos de libertad se dejaron sentir en Galicia en aspectos tan fundamentales como su lengua vernácula, que había sido vilipendiada, humillada y hasta relegada a un segundo término con menosprecios tales como que se trataba de una forma de expresión desacreditada que solamente empleaban los ignorantes. El idioma gallego era muy mayoritario en la Galicia de la época, especialmente en el mundo rural en el que, en cifras porcentuales, el número de castellanohablantes no llegaba al uno por ciento en los cálculos más optimistas. Incluso los más jóvenes aprendían la lengua de sus padres y abuelos, pese a que todavía no se enseñaba en las escuelas.

Los centros escolares gallegos a lo largo de su historia, principalmente los radicados en sus extensas áreas rurales, siempre han sido motivo de alguna discordia, ya bien sea por el transporte escolar o el comedor de los pequeños, que dificultaba enormemente la conciliación de las vidas de sus respectivos progenitores. Así sucedía en la comarca ourensá de Valdeorras en el año 1977. Los niños del término municipal de Villamartín de Valdeorras se veían obligados a trasladarse todos los días a la vecina localidad de A Rúa para poder ser escolarizados, haciendo cuatro viajes de ida y vuelta desde sus centros académicos hasta sus respectivos domicilios, pese a la oposición que tiempo atrás habían ejercido sus familias con respecto al cierre del colegio en el que recibían la educación primaria.

Desnivel de 50 metros

Lo que nadie podía imaginar en Vilamartín de Valdeorras es que el cierre de sus instalaciones escolares iría aparejado a la peor tragedia que vivió la comarca a lo largo de la historia. Así sucedería a primeras horas de la tarde del 19 de abril de 1977 cuando un autobús, que había recogido a los niños después del almuerzo que habían hecho en sus respectivos domicilios, se precipitó desde un desnivel de 30 metros de altitud, cayendo desde la carretera nacional Logroño-Vigo a la vía del tren. A consecuencia de este trágico siniestro fallecerían doce niños, con edades comprendidas entre los seis y los 14 años, muchos de los cuales perecerían atrapados bajo los hierros de aquel mortal autocar en el que viajaban hasta un total de 40 chavales. También perdió la vida en este suceso el conductor del vehículo, Manuel González Pérez. El siniestro tuvo lugar a tan solo dos kilómetros del casco urbano del término municipal de A Rúa. Como dato anecdótico, cabe reseñar que perdieron la vida dos hermanos gemelos.

Además de los trece fallecidos, hubo que lamentar casi dos decenas de heridos de diversa consideración, siendo trasladados un total de once muchachos serían trasladados hasta un centro sanitario de Ponferrada, en la provincia de León, mientras que otros nueve lo fueron hasta la ciudad de Ourense. Una vez más, como en muchas otras, fue muy decisiva la actitud de los vecinos del lugar dónde se produjo el accidente, que utilizaron todo tipo de herramientas y vehículos que disponían para poder socorrer a los damnificados. Se calcula que se movilizaron un total de 300 coches particulares para ayudar en las tareas de socorro. Quienes llevaron la mejor parte en este desgraciado siniestro fueron aquellos que salieron despedidos del autobús, mientras que la peor fue para los que quedaron atrapados entre los hierros del mismo, que fue donde se localizaron la práctica totalidad de los cuerpos de los niños muertos.

La causa del accidente parece ser que estuvo motivada por la rotura de una mangueta de una rueda del eje delantero, que provocó que el viejo autobús, perteneciente a la empresa Trives, chocase contra un pretil y posteriormente se precipitase por el desnivel. Casi siempre que se producía un siniestro de estas características era achacado al factor humano. Sin embargo, las empresas concesionarias del transporte escolar dedicaban sus autobuses más antiguos y en peor estado, como era este caso, al traslado de los más pequeños. El autocar tenía ya más de 20 años de antigüedad, ya que su matrícula databa de la década de los años cincuenta del pasado siglo. Los restos del vehículo permanecieron allí depositados a lo largo de más de 30 años, hasta que los vecinos decidieron tomar medidas después de que se hartasen de solicitarlo a las distintas instituciones.

Consternación e indignación

El suceso consternaría de sobremanera a la Galicia de la época. Prueba de ello sería los miles de personas que se congregarían en los multitudinarios funerales que se celebraron por los muchachos fallecidos en la principal plaza de la localidad de Vilamartín de Valdeorras. Cuentan los supervivientes de esta tragedia que la misma se notaría de forma notable en el pueblo, que perdía a 12 muchachos en una época en la que comenzaba un imparable descenso demográfico en la Galicia más rural. Esta localidad era un buen ejemplo de ello.

Pero no era solo la consternación la que se había apoderado de los vecinos de la comarca de Valdeorras. También eran presa de una extraordinaria indignación por la carencia de soluciones al problema educativo, al que se consideró como causante directo de este siniestro. Hacía algún tiempo había cerrado sus puertas el único centro escolar que existía en la localidad de Villamartín de Valdeorras, lo que había originado infinidad de protestas, habiendo tenido que intervenir efectivos de la guardia civil cuando se procedía a la retirada del material escolar de su interior. Además, los críos tenían que hacer unas insufribles jornadas escolares haciendo dos interminables rutas diarias de ida y vuelta, al carecer del derecho al comedor escolar.

Posteriormente, en el año 1979 reabriría de nuevo sus puertas el colegio de educación primaria de Vilamartín de Valdeorras para que las nuevas generaciones de escolares no sufriesen los mismos efectos de las jornadas escolares de las antiguas, además de evitar que los muchachos fuesen víctimas de nuevos accidentes. Nunca es tarde, pero para aquellos pobres chavales, fallecidos hace ya 42 años, lo fue demasiado cuando, en teoría, se les aventuraba toda una vida por delante.

“Toribio”, el último bandolero o el primer antihéroe

Mamed Casanova, “Toribio”

Es difícil escribir sobre un hombre sobre el que se han vertido ríos de tinta, principalmente en los primeros años del siglo XX, en el que la prensa lo dibujaba como un siniestro y cruel personaje, capaz de cometer cualquier atrocidad, por sacrílega que fuese. Sus andanzas serían descritas por el mismísimo Ramón María del Valle Inclán en diversos artículos periodísticos de la época. Su personalidad no ha sido estudiada todo lo que requiriese un personaje de sus características. Algunos lo pintan como un bandolero romántico similar al célebre Luis Candelas o Juan Mingolla “Pasos Largos”, pero dista mucho de ambos, dado que su actividad criminal fue completamente distinta y con objetivos radicalmente opuestos.

Mamed Casanova nació el 15 de febrero de 1882 en la pequeña aldea de Grañas do Sor, en el municipio coruñés de Mañón, muy cerca de la ría de O Barqueiro y Estaca de Bares, limítrofe en el litoral norte con la provincia de Lugo. Se sabe que fue hijo natural de María Casanova, quien sería su madre soltera. Su paternidad se le atribuye a un miembro de la familia de los Balseiros, con antepasados muy turbulentos, conocidos con el sobrenombre de “Los Cazurros”, uno de los cuales moriría ahorcado en Ferrol.

Su primer apodo fue “O Rego”, que pronto se cambiaría por el de “Toribio” con el que alcanzaría una dimensión prácticamente universal. En su infancia se crío con su madre y una hermana, empezando a trabajar muy pronto en la forja del maestro herrero Julio Rey, quien lo despediría cuando se percató del futuro que albergaba Mamed Casanova. Su esposa sería una de sus primeras víctimas, ya que le sustrajo un par de pendientes de plata, motivo este que provocó el despido de su primer empleo. Posteriormente, montaría su propio taller, pero con escaso éxito, ya que pronto cerraría las puertas.

Ratero

La carrera delictiva de Mamed Casanova se inició muy pronto, cuando apenas contaba quince años de edad. Además de robar en la forja en la que trabajaba, en diciembre de 1897 entraría en la vivienda deshabitada de un vecino suyo para apoderarse de 13 botellas de aguardiente. Fue el primer acto delictivo de una larga carrera que prometía, y nunca mejor dicho. A partir de este instante se hará amigo inseparable de José María Rego, conocido con el sobrenombre de Fondón, con el que perpetrará infinidad de pequeños robos por los que irá pasando en sucesivas ocasiones por distintos correccionales de la época, mientras que su amigo ingresará en prisión. Toribio es menor de edad, razón por la que no va a la cárcel.

Además de ser ya un consumado ratero y experto en todas las artes del robo, Mamed Casanova destacará por su especial fuerza física, pues en uno de los típicos bailes que se celebraban en aquella época mantendrá un enfrentamiento con un conocido matón, al que proporcionará una impresionante tunda a golpes y patadas. De la misma forma, también será objeto de su incontenida ira un albañil que le reprende por su actitud violenta, quien sufriría el resto de su vida una importante minusvalía a consecuencia de las lesiones que le provocó el ya popular Toribio.

Será a partir de esas acometidas que efectúa en los múltiples altercados e incidentes de los que es protagonista principal de donde le provenga el sobrenombre por el que pasará a la historia. Dice de él el sacerdote e historiador gallego Enrique Chao Espina(1908-1989) que poseía una fuerza casi hercúlea, logrando romper en alguna ocasión las esposas y grilletes con los que se sujetaban sus manos, aspecto este del que también informa la prensa de su tiempo. A todo eso se añadía su agilidad, más propia de un deportista que de un vulgar ratero, a lo que habría que sumar su gallardía y valentía, muchas veces rayana con la más absoluta de las temeridades.

Las galas del difunto

Una de las aventuras protagonizadas por el célebre delincuente gallego serviría de inspiración para una conocidísima obra teatral del no menos célebre dramaturgo gallego, Ramón María del Valle Inclán. Por aquel entonces, a comienzos del pasado siglo, era muy frecuente que los gallegos viajasen a tierras americanas en busca de esa preciada fortuna que les negaba la tierra que los había visto nacer. Uno de ellos, Fernando López, era un rico indiano que había regresado de La Habana, falleciendo mientras disfrutaba de algún tiempo en su tierra natal. El emigrante fue enterrado con un lujoso traje de cachemira de Cuba, así como también luciendo un anillo de oro, además de disponer ya de una dentadura elaborada con el mismo metal. Enterado el famoso delincuente de todas estas circunstancias, no se ruborizó lo más mínimo en dirigirse una noche al cementerio de Grañas do Sor para cometer un sacrílego acto profanando la tumba en la que había recibido sepultura el infortunado indiano. Se apoderó del traje que lucía, así como también de su anillo. No contentó con eso, también extrajo algunos dientes de oro de la boca del cadáver.

La magnánima fechoría sería descubierta al presentarse Toribio en un baile luciendo de forma ostentosa el traje que había sustraído del cementerio, así como el anillo que llevaba el desaparecido emigrante. A raíz de este hecho, Mamed Casanova daría por vez primera con sus huesos en la cárcel siendo condenado a seis meses de arresto mayor y hacer frente a una multa de 60 pesetas, una elevada cantidad para la época en la que el dinero era un bien muy escaso.

El crimen de Grañas do Sor

Uno de los hechos más funestos en la biografía de este singular personaje fue sin lugar a dudas el asalto en el que participó a la casa rectoral de su parroquia natal, Grañas do Sor. En aquel entonces uno de los principales objetivos de las bandas de ladrones y rateros solían ser las viviendas destinadas a los sacerdotes, quienes tenían fama de poseer grandes patrimonios, así como importantes cantidades de dinero en efectivo. Hacia su casa se dirige la banda que lidera el ínclito Toribio el 24 de noviembre del año 1900 que la integran cinco hombres entre los que se encuentran otro conocido delincuente de la época, Lorenzo Balseiro y otro que es conocido por su apellido, Piñeiro.

En su asalto obtendrán un considerable botín, nada más y nada menos que 2.000 pesetas, toda una fortuna para aquel tiempo. Sin embargo, sus malos cálculos les obligaron a dejar una víctima mortal en el camino, Manuela Domínguez, la criada que trabajaba en la casa del sacerdote, quien moriría a consecuencia de un disparo de escopeta. Mientras, el religioso consigue escapar. La muerte de la mujer vino motivada para evitar posibles testigos de su asalto, pero estaban equivocados. Detrás de unas tablas se había escondido el hijo de la criada, un niño de apenas nueve o diez años de edad, quien iba a ser la persona clave para resolver este crimen y acusar posteriormente a Mamed Casanova de ser el responsable directo de la muerte de Manuela, circunstancia que hoy en día es puesta en tela de juicio por muchos estudiosos de la vida de Toribio.

Debido a que han sido divisados por un testigo que ellos no han sido capaces de localizar, de inmediato comienza la búsqueda de los autores del brutal crimen que conmociona a toda la comarca. En un primer momento se detiene a Lorenzo Balseiro y a José Secundino Pedre, mientras que Mamed Casanova resistirá en diversas ocasiones las embestidas de la guardia civil, con la que mantendrá distintos tiroteos, en uno de los cuales hiere de cierta gravedad a un agente. Es ahí dónde se inicia su mítica leyenda, que no duda en calificarle de ser un magnífico tirador, además de lograr escabullirse de cuantas batidas se hacen contra él. Sin embargo, algunos meses más tarde, un miembro de la benemérita logra herirle de un certero disparo que le impide proseguir su marcha, siendo detenido y encarcelado en Ortigueira.

En la cárcel demostrará de nuevo sus habilidades escurridizas, logrando huir de la misma el 30 de agosto de 1902. Primero engatusa con un engaño a un funcionario apellidado Dopico a quien le propina un fuerte golpe con un hierro de un camastro que le deja inconsciente. Pero su aventura no termina ahí. A la salida de la prisión se enfrenta con el guardia de la misma, Sebastián Muíño a quien derriba propinándole también un fuerte golpe en la cabeza. Estos hechos no hacen más que agrandar su magnánima leyenda.

Sobrevivirá durante algún tiempo, ocultándose en los montes y montañas gallegas, así como en el extenso rural en el que cuenta con una importante red de colaboradores, algunos de ellos a consecuencia del temor que infundía Toribio, otros por la simpatía que les despertaba. Durante este período efectúa una serie de pequeños robos, mientras se desarrolla el juicio contra los miembros de su banda. Al menos, esos hurtos son atribuidos a Mamed Casanova, aunque algunos de ellos es dudosa su autoría.

Captura definitiva y juicio

Para capturar a Toribio hubo que recurrir a algún ardid con cierta picaresca, dado lo escurridizo que era. Mamed Casanova solía mantener buenas relaciones con los curas rurales gallegos de la época, que eran todas unas autoridades. Uno de estos sacerdotes con los que gozaba de una excelente amistad era el párroco de O Freixo, parroquia perteneciente al municipio coruñés de As Pontes, muy próximo al área de actuación del célebre forajido. El religioso Antonio Prieto Poupariña, que había nacido en la localidad lucense de Vilalba, le invitó a comer a su casa el 14 de enero de 1903 con la condición de que ambos estuviesen desarmados. Así fue. Con lo que no contaba Toribio es que esa invitación estaba envenenada, pues una sobrina del párroco avisó a los agentes de la guardia civil de la presencia de Mamed Casanova en la rectoral. Uno se acercó por sorpresa con una escopeta en la mano y disparó a quemarropa sobre el célebre delincuente gallego, ocasionándole una herida de gravedad, que a punto está de costarle la vida. Su imagen, en unas parihuelas mientras es conducido a un centro sanitario en el que estará fuertemente custodiado dará la vuelta a España y no solo eso. Pues Toribio será portada de algunos medios de comunicación extranjeros, alguno de los cuales llega a compararlo con un célebre forajido mafioso italiano, por su capacidad para esquivar los envites a los que lo había sometido la guardia civil.

Al recuperarse es enviado de nuevo a prisión. Para reducirle en sus constantes acometidas, es custodiado por un conocido carcelero gallego de la época Hilario Rico, un hombre robusto y de complexión fuerte, que se las verá y deseará para enfrentarse a un siempre combativo Mamed Casanova, quien ni en sus peores momentos dará nunca el brazo a torcer, pese a que hay siempre agentes de la guardia civil cerca de él, con la orden expresa de dispararle si intenta la huida.

El juicio en su contra, además de otros pendientes, entre los que se encuentra uno relativo a su fuga de prisión se inician el 15 de diciembre de 1903. Mamed Casanova se enfrenta a muchos cargos, pero el más importante de todos es el de asesinato, ya que se le acusa de ser el autor material de Manuela Domínguez. En esta ocasión, ya de nada le valdrá su valentía y hombría demostrada años atrás en sus envites con las fuerzas del orden. La Audiencia Provincial de A Coruña lo sentenciará a pena de muerte el 22 de diciembre de 1903, que será ratificada posteriormente por el Tribunal Supremo. Cuando todo parecía que el famoso forajido gallego iba a terminar con sus huesos en el garrote vil, su madre conseguiría lo que parecía inevitable. Durante una visita del rey Alfonso XIII a La Coruña, se postraría de rodillas ante el monarca suplicando clemencia para su hijo. Ante esta conmovedora escena, el entonces Jefe del Estado se apiadó de su progenitora y accedió al indulto, siendo sustituida la pena capital por la de reclusión perpetua.

Cárcel y final

Como no podía ser de otra manera, en la cárcel Mamed Casanova se convertirá en un importante activista que reclama mejores condiciones para los presos y condenados, siendo protagonista de diversos incidentes y motines. En su estancia en prisión será diagnosticado de una curiosa patología queromanía, que es una dolencia caracterizada, al parecer, por poseer una excesiva alegría. Además, en ella, a diferencia de lo que se ha sostenido muchas veces de forma errónea, dará talla de una importante capacidad intelectual, al demostrar grandes conocimientos sobre geografía, historia y matemáticas.

En 1911 solicitará a través de una carta una entrevista con el capitán general de la zona Marítima del Cantábrico, con base en Ferrol, en la que quería darle cuenta de su proyecto para hacer mejores cañones para la Armada. Como es obvio, nadie le hizo caso, pues se suponía que Toribio tenía ya sus facultades mentales demasiado alteradas. En aquel entonces se encontraba cumpliendo su pena en el castillo de San Antón, en la ciudad herculina.

No hay un acuerdo unánime relativo a su abandono definitivo de la cárcel. Algunos autores, entre ellos el periodista coruñés Juan Naya, quien señala que Mamed Casanova abandonaría definitivamente la prisión en el año 1926, en tanto que otros lo sitúan en 1931, coincidiendo con la proclamación de la IIª República española. Sea como fuere, lo cierto es que el mito de Toribio había iniciado ya su declive definitivo y en nada recordaba al célebre delincuente de los primeros años de la última centuria del segundo milenio.

Poco o muy poco se sabe de los últimos años de su vida. Se sabe que regresó a su aldea natal, Grañas do Sor, pero ya jamás volvería a retomar sus antiguos pasos. También se sabe que era frecuente verlo por A Coruña mendigando, con un aspecto complemente deshilachado y con un caminar torpe y renqueante, dando la sensación de ser un personaje huraño y huidizo. Tampoco se conoce con total certeza la fecha de su fallecimiento, aunque se sitúa en la década de los años cuarenta del pasado siglo. Algunos indican que su deceso se produjo en 1942, en tanto que otros lo sitúan en 1946, en una época en la que se había convertido en un costroso y demacrado anciano a quien ya nadie reconocía ni recordaba aquellas lejanas andanzas que habían puesto en jaque a las autoridades del amanecido siglo XX.

Asesinado por celebrar un gol del Atlético de Madrid

En el mundo del fútbol siempre han existido fanáticos que han interpuesto los colores de su equipo a cualquier otra circunstancia, incluso a su propia existencia y a la de sus adversarios. Ignoran que se trata de un precioso y noble deporte en el que las diferencias se deben sustanciar dentro del terreno de juego y los aficionados son simples espectadores que se deben limitar a presenciar un gran espectáculo en el que no se puede ganar siempre. Por culpa de sus nefastas actitudes se ha originado una leyenda negra en torno al deporte del balón que le ha llevado a ser denigrado, aunque la mayoría de los aficionados al fútbol son personas comedidas y sensatas a las que, además de ver ganar a su equipo, les gusta presenciar un buen partido y disfrutar de las mejores jugadas en compañía de amigos, familiares y otros aficionados.

Cada vez que se produce un hecho luctuoso en el mundo del fútbol que, todo hay que decirlo, son más bien escasos, enseguida aparecen reflejadas estadísticas en algunos medios de comunicación cuyo único interés consiste en criminalizar a un deporte que nada tiene que ver con la violencia, sino más bien todo lo contrario. En España son muy pocos los hechos sangrientos relacionados con el fútbol los que hay que lamentar, aunque alguno, por desgracia, siempre se produce. Tal vez es así porque hay muchos aficionados que siguen con pasión este deporte. La mayoría de las veces estos sucesos están relacionados con grupos ultras, quienes cada vez tienen menos seguidores después de que los distintos estamentos deportivos y de orden público hayan hecho todo lo posible por erradicarlos hasta situarlos en la marginalidad más absoluta, que es donde deben estar.

En la década de los años noventa, concretamente en el año 1994, el fútbol gallego vivía uno de los momentos más brillantes de su historia, llegando a contar con tres equipos en la máxima categoría del fútbol estatal. Pero no solo eso, incluso dos de esos clubes, Deportivo y Celta, quienes, además de estar encuadrados en la primera división, alcanzarían sus mejores metas en ese año. El primero de ellos se proclamaría subcampeón de liga en una dura disputa con el Barcelona, que acabaría por llevarse el título en el último segundo, gracias a la parada del portero del Valencia al lanzamiento de penalti realizado por Djukic. Y en eso prácticamente corrió de la mano de su rival del sur, el Celta de Vigo, que perdería el título de Copa, merced también al error en la transformación de un lanzamiento desde el punto de penalti, en la tanda final, contra el Real Zaragoza.

Pese a esa buena racha, que se complementaría con el ascenso del Compostela de José María Caneda a la máxima categoría, el fútbol gallego contaría con un nubarrón negro que empañaría un precioso ejercicio. Este no fue otro que el asesinato de un aficionado en un bar de la coruñesa calle de la Estella el sábado, 12 de marzo de 1994, cuando se encontraba presenciando el encuentro que enfrentaba al Atlético de Madrid y al Barcelona en partido correspondiente a la jornada de liga en cuestión.

Dos puñaladas

El suceso se produjo cuando un joven de 19 años de edad, Emiliano López Prada, celebró el tercer tanto del Atlético de Madrid, que le ponía en ventaja frente al FC Barcelona. En ese momento, otro joven, que estaba presenciando el encuentro en el mismo establecimiento hostelero, sacó una navaja de grandes dimensiones y le proporcionó dos certeras puñaladas que acabarían con su vida prácticamente en el mismo instante. Una de ellas fue directamente al corazón, mientras que otra le perforó el costado. El joven estuvo tendido en el suelo hasta que llegaron los equipos sanitarios de emergencia, que le trasladarían a la Residencia Sanitaria Juan Canalejo, en dónde ingresaría ya cadáver.

Previamente, según informaciones periodísticas de la época, el agresor le había pedido dinero a Emiliano López, quien entonces cursaba segundo de derecho en la Universidad de A Coruña, negándose a darle cantidad alguna. Una vez cometido el acto delictivo, el agresor y el grupo que le acompañaba abandonaron el lugar de autos con destino a otro establecimiento para huir de la acción de la policía. Días más tarde los cuerpos de seguridad del Estado detendrían a ocho jóvenes, quienes estaban presuntamente relacionados con el suceso sangriento. El autor del crimen sería detenido y pasaría a disposición judicial, además de ser condenado a una dura y larga pena de cárcel.

El hecho causó una profunda conmoción en la ciudad herculina y en el mundo del fútbol en general. El joven fallecido era un conocido seguidor del Deportivo, además de ser ya, a su edad, donante de órganos, que le serían extraídos en el momento de su óbito. Con esta eran ya cinco las víctimas mortales de aficionados al deporte del balón que se habían producido en España entre 1982 y 1994. Pueden parecer muchas, pero afortunadamente, no son tantas como había habido en países de nuestro entorno, entre ellos el Reino Unido o incluso Grecia o Alemania, aunque nada puede justificar la muerte de un ser humano por culpa del fútbol y mucho menos de forma violenta.

1.476 muertos en el hundimiento del “Castillo de Olite”

“Castillo de Olite”, hundido frente a las costas de Cartagena

Fue sin lugar a dudas la mayor tragedia marítima de la historia de España, si bien es cierto que su hundimiento tuvo lugar en tiempos de guerra, siendo uno de los últimos episodios del conflicto fratricida que enfrentó a los españoles entre 1936 y 1939. Se perdieron 1.476 vidas de soldados de marinería, prácticamente todos ellos gallegos, como si de un desatino del destino se tratase, ya que había sido tradicionalmente en el mar dónde más muertes accidentales se habían registrado en Galicia a lo largo de su historia. En esta ocasión perecerían centenares de jóvenes quienes durante el trayecto que les conducía a Cartagena iban cantando alegremente, escuchándose de fondo el alegre son de una gaita porque aquellos muchachos creían que, por fin, la Guerra Civil llegaba a su conclusión. Suponían que su misión no dejaba de ser un mero trámite para ocupar la ciudad portuaria. Sin embargo, no era así. A ellos todavía les quedaba librar una última batalla, la más cruenta y, por supuesto, la más larga.

El “Castillo de Olite” formaba parte de la escuadra en la que se encuadraban otros 20 barcos que se dirigían a Cartagena para ocupar la ciudad, al tener noticias que se había sublevado una guarnición militar contra su gobernador, el coronel Galán, a quien habían retenido y detenido. Pero, un cúmulo de contratiempos incidió muy negativamente para que este buque terminase hundido frente a las costas de la localidad costera murciana. El navío en cuestión había sido requisado por la fuerzas del general Franco a su paso por el Estrecho de Gibraltar a la Unión Soviética cuando transportaba carbón en 1938 por parte de las autoridades franquistas.

Los contrariedades se iniciaron ya desde la partida del barco, en el puerto de Castellón. Lo hizo con un día de retraso respecto al resto de la flota que se dirigía a efectuar esta misión de guerra, a lo que se sumaba su lentitud. Pero las adversidades no terminaban ahí, ya que el buque viajaba con la radio averiada, por lo que carecía de comunicación con el resto de la Armada, siendo este el factor clave de la tragedia. Los otros barcos tenían ya noticias que la rebelión en Cartagena había sido sofocada, en tanto el “Castillo de Olite” carecía de esos datos, lo que hizo que se presentase en solitario frente a las costas cartageneras.

Cañonazo en la santabárbara

Era el 7 de marzo de 1939 la fecha en que se produjo la gran tragedia que provocaría la muerte de ese casi millar y medio de marinos, casi todos ellos gallegos, como si de una trágica y cruel ironía del destino se tratase. A media mañana se encontraban los soldados a bordo del buque y escucharon los primeros escarceos por parte de las baterías republicanas que defendían la ciudad. Se suceden el reiterado lanzamiento de algunas granadas, que levantan enormes montañas de espuma. Posteriormente, se escucha otro cañonazo que pasa muy cerca del barco. Todo ello genera el lógico desconcierto, precipitación y alarma entre quienes van a bordo del buque, que cambia de dirección girando a la izquierda a toda velocidad para tratar de ponerse a salvo de los cañonazos. La confusión entre quienes se encuentran a bordo del “Castillo de Olite” es tal que piensan que esos disparos podrían ser “fuego amigo”, es decir que están en la creencia que los defensores de la ciudad naval son en realidad los sublevados que se han apoderado ya de la misma y que tal vez les hayan confundido con un buque de guerra republicano.

Durante un período de un cuarto de hora se hace la calma entre los soldados, creyendo que lo peor ya había pasado. Pero no era así. En esta ocasión desde las temibles baterías Wikens, empleadas por los defensores de la ciudad, un cañonazo impactará en la sántabarbara del buque, la bodega dónde se almacenan los explosivos y el material de guerra, provocando que se hunda en apenas un cuarto de hora. A raíz de este tercer cañonazo el desconcierto generado entre aquellos militares es absoluto. Comienzan a verse ya los primeros muertos a consecuencia del impacto. En la cubierta del barco se crea una especie de Torre de Babel humana, con gritos, alaridos y maldiciones por la nefasta suerte que han tenido. Los marineros se tiran al agua, ya sea desnudos, vestidos e incluso heridos. Lo que verdaderamente les importa es escapar de aquel infierno en que se ha convertido la embarcación. El barco se hundirá bajo un calado de 24 metros de profundidad, frente a la isla de Escombreras.

A causa de la precipitación, algunos soldados tratan de alcanzar algunas lanchas de salvamento, pero caen unos arriba de otros, mientras que algunos de los que se tiran al agua son devorados por las hélices del barco, tal cual fuese una trituradora, que todavía continúan en funcionamiento. En cuestión de muy poco tiempo se pueden ya contemplar en las aguas de Cartagena centenares de cadáveres de marinos flotando que iban a bordo del buque siniestrado, dejando tras de si un dantesco panorama. Solo algunos alcanzan la costa, pero son los menos. Quienes habían zozobrado y tratan de salvar sus vidas asiéndose a los restos del buque que quedan a flote mueren a consecuencia de los disparos que les efectúan los milicianos cartageneros que defienden la ciudad. La fallida operación, que ha resultado un desastre, se salda con la muerte de 1.476 personas, 342 resultarán heridos, mientras que los restantes 295 serán detenidos por el enemigo.

En opinión de uno de los soldados que pudo salir airoso de aquella catástrofe humana, Enrique Jaspe Leira, ya fallecido, quien declaraba a FARO DE VIGO en su edición del 4 de marzo de 2014, que lo que provocó la magnitud de aquella tragedia fue la munición que se almacenaba en su bodega, así como la explosión de la caldera, a la que al entrarle agua en su interior terminaría reventando y partiendo el barco en dos mitades. De la misma forma, se destaca la labor humanitaria de los marineros de la zona, quienes socorrerían a muchos soldados que habían sobrevivido al naufragio del “Castillo de Olite”. A su vez, serían también los encargados de rescatar muchos de los cadáveres que escupía la mar, principalmente en la madrugada del 8 de marzo de 1939.

Bandera recuperada

Como detalle anecdótico, cabe destacar que el Gobierno decidió en el año 1995 instalar una refinería de petróleo en la Bahía de Escombreras. Cuando se construía el puerto petrolero, se observó que los restos del navío hundido en los días finales de la Guerra Civil impedía la entrada de los buques, por lo que se optó por desmontar sus mástiles. Para sorpresa de los buzos que descendieron hasta el pecio, la bandera de combate permanecía asida al mástil, siendo recuperada y enviada al Museo Militar de A Coruña.

El hundimiento del “Castillo de Olite” fue una de las tragedias de la Guerra Civil que más afectó a Galicia, pues más de un millar de fallecidos eran originarios de esta tierra. Entre los fallecidos había marinos de Ferrol, Lugo, Santiago, Vigo, Vilalba, Pontevedra y muchas otras localidades gallegas, que sintieron muy profundamente una inesperada nota luctuosa cuando aquella tenebrosa guerra estaba a punto de expirar. Lo haría tan solo 24 días después del trágico naufragio. Para aquellos soldados que se hicieron a la mar cantando y juergueando, pensando que la misión a la que iban destinados era un mero trámite que concluiría con la rendición incondicional de la guarnición de Cartagena, el conflicto se alargó eternamente.

Un cura gallego asesinado por falangistas

Las secuelas de la Guerra Civil fueron brutales y tremebundas. Nadie escapó de la cruel represión de aquellos sanguinarios tres primeros meses de conflicto. Ni siquiera la todopoderosa Iglesia Católica, que se aliaría desde el primer instante con los sublevados. Como se ha comentado en otros capítulos, en Galicia se ejerció una represión mucho más brutal de lo que hubiese sido normal, si es que puede considerarse normal alguna represión. Decimos esto, porque desde el primer instante los rebeldes dominaron de punta a cabo el territorio gallego, sin oposición alguna. A nadie se le ocurría. Sin embargo, las represalias fueron mayúsculas dejando tras de si un reguero de sangre e injusticia que caló muy profundamente en determinadas localidades. Otras, como a la que nos dirigimos ahora, se convirtieron en lugares emblemáticos de la represión armada, ya que en ellas se cuentan por decenas los paseos y las ejecuciones. La guerra tuvo esas cosas, que por la mínima, cualquiera podía ser declarado reo de muerte. Bastaba una delación, un enfrentamiento vecinal, para que el señalado fuese a parar con su huesos a las tapias de un cementerio o a una fosa común.

Entre las muchas víctimas inocentes que dejó tras de si aquel cruel conflicto, en Galicia hay un caso muy peculiar. Un sacerdote, Andrés Ares Díaz, de 45 años, sería asesinado de una forma vil y horrorosa el 3 de octubre de 1936 por un grupo de falangistas y también de guardias civiles. Su historia, al igual que la de muchos asesinados, es difusa y se han contado muchas versiones que no dejan de ser contradictorias. Al igual que muchas otras personas, tanto su figura como su persona quedarían proscritos y relegados a un obsceno y terco ostracismo.

Recaudación festiva

El asesinato que costaría la vida a Andrés Ares, natural de la parroquia de San Bartolomeu de Corvelle, perteneciente al municipio lucense de Vilalba, estaría motivado por su hipotética negativa a entregar la recaudación de las fiestas en honor a la Virgen de los Remedios a grupos de falangistas. Estos aprovecharían la ocasión para acusarle de forma calumniosa de pretender entregar la cantidad recaudada de unas fiestas que serían suspendidas al producirse el levantamiento armado al Socorro Rojo Internacional. A todo ello se añade también que existían desavenencias entre el religioso asesinado y una maestra entusiasta de los militares levantados en armas, quien sería una persona clave para su detención y posterior asesinato. Si bien es cierto que hay historiadores que consideran que la docente en cuestión no tenía poder suficiente para enviar al sacerdote al paredón.

Otra de las versiones, quizás una de las que más se acerque a la realidad de los hechos, indica que con la muerte del sacerdote se pretendió dar un “aviso a navegantes”, esto es a algunas autoridades eclesiásticas de la época que no comulgaban con el apoyo que estaba dando la institución a la que pertenecían a los sublevados. Sin embargo, su negativa a colaborar económicamente con los alzados en armas fue aprovechada para ser detenido y ser llevado desde O Val de Xestoso, la parroquia en la que ejercía su ministerio en el municipio brigantino de Monfero, hasta la de Barallobre, en Fene, donde se encontraba otro colega suyo, Antonio Casas, sobre quien existían fundadas sospechas de colaborar con los republicanos. Andrés se confesaría con este último, a quien entregaría la cantidad de 200 pesetas y un reloj. Su suerte parecía estar echada, ya que, al bajar de la casa rectoral, sería fusilado frente al cementerio de Barallobre, parroquia perteneciente al municipio de Fene, muy cerca de Ferrol.

Un mes después de su muerte, el juzgado de Pontedeume abriría un sumario sobre el caso, ofreciendo una versión muy distinta a la que sostienen la totalidad de los historiadores. En la misma se acusa al sacerdote de haber intentado huir al tiempo que se le practicaba la instrucción de una diligencia. Como consecuencia de esta posible huida, la fuerza pública se vería en la obligación de disparar en su contra, ocasionándole la muerte. El religioso en el momento de producirse su óbito iba escoltado por un pelotón de guardias civiles y falangistas, quienes serían los responsables de su muerte, al grito de “¡Lo manda Suances!”, en alusión al gobernador militar de Ferrol, Victorino Suances.

Otras versiones extendidas entre el vulgo, apuntan a que Andrés Ares podría haber realizado una lista de 40 personas, sospechosas de colaborar o simpatizar con los rojos, por lo que, con su ejecución, se evitaría el fusilamiento de quienes figuraban en esa lista.

Protestas y ostracismo

Aunque algunas autoridades religiosas protestaron a los altos mandos militares, entre ellos al propio general Franco, su muerte pasaría desapercibida y obedecería al intento de extirpar de raíz a cualquier persona que discrepase con las nuevas autoridades. De hecho, a partir de octubre de 1936 no se volverían a tener noticias de ningún sacerdote fusilado o ejecutado por las autoridades nacionales, con la excepción de uno en Mallorca, quien si había ayudado a escapar a unos republicanos de la brutal represión que se estaba ejerciendo en la isla.

Lo peor, respecto de la figura de Andrés Arés Díaz, vendría después de su muerte, ya que su figura, además de ser vilipendiada por los vencedores de la Guerra Civil, quedaría relegada al más puro de los ostracismos. Además de quedar proscrito a lo largo de muchos años, como le sucedía a muchos de los perdedores del conflicto, sería incluso postergada por la propia Iglesia Católica, quien jamás se dignó en ofrecerle el más mínimo homenaje. Ni siquiera el Papa Juan Pablo II, tan amigo de elevar a los altares a muchos religiosos asesinados en el transcurso de la Guerra Civil, se acordaría del sacerdote vilalbés de O Val do Xestoso. Ni tampoco su gran amigo Rouco Varela se encargó de recordárselo. Quizás, el hecho de que fuese ajusticiado por los pistoleros azules lo justificaba todo.