Doble crimen y suicidio en Taboada

Taboada en la década de los sesenta.

El suroeste de Lugo, en plena comarca de Chantada, se vio afectado por un tétrico caso sangriento a finales de los años sesenta que llevó a la localidad de Taboada a la primera plana de la crónica negra gallega y española de la época. Nadie en este pequeño y apacible municipio se podía imaginar que su monótona vida rústica se viese sacudida de una forma tan abrupta en aquellos tiempos en los que tan solo rompían ese tedio diario las cartas que todavía llegaban de Ultramar y las cada vez más numerosas que procedían de las principales ciudades europeas. Mientras, el sencillo pueblo de la Ribeira Sacra proseguía con su deambular diario alcanzando las más altas cotas demográficas de su historia, superando la cifra de siete mil habitantes censados en su municipio que se irían reduciendo progresivamente a partir de la década de los setenta, hasta quedar en la mitad de los que tenía entonces en la segunda década del actual milenio. Los vehículos a motor eran todavía muy escasos. Por las prolongadas avenidas surgidas en el margen de las carreteras a las que se había ido adosando la villa y que todavía no habían sido asfaltadas, solamente discurrían con cierta frecuencia los camiones destinados al transporte de bidones de leche, teniendo todavía preferencia los artesanales y tradicionales carros del país en el que el no menos tradicional y ancestral canto de su eje era la más habitual y melódica de sus sinfonías.

Ese casi celestial ambiente de cotidianeidad y familiaridad en el que se desenvolvía la vida de un municipio gallego de interior eminentemente rural se quebró de forma muy brusca el 2 de junio de 1969. En esa fecha María Fontao Porte y Clementina Rodríguez encontraron en el camino que comunica la villa de Taboada con el lugar de A Puricela los cuerpos de tres personas que, a tenor de lo que podían contemplar, habían muerto de forma violenta. Dos de los cadáveres correspondían a dos mujeres, una joven y otra septuagenaria, mientras que el tercero pertenecía a un mozo veinteañero. Al lado del cuerpo de este último se halló una escopeta de caza por lo que todo hacía suponer, como así fue, que el joven había acabado con la vida de las dos mujeres y posteriormente se había suicidado. Las fallecidas eran Carmen Prado Paredes, de 71 años, y su nieta Pilar Fontao Rodríguez, de 18. Mientras que el joven muerto era Ramon Portomeñe Montenegro, de 23 años.

Hermana e hija

Nadie se imagina el tremendo schock y el subsiguiente impacto emocional que pudieron sufrir las mujeres al encontrarse aquellos tres cuerpos sin vida. María Fontao, que era la mayor mayor de las dos, era hija de la septuagenaria, en tanto que la joven fallecida era, a su vez, una hija suya. Por su parte, Clementina era hermana y nieta de las mujeres asesinadas.

Después de sobreponerse al terrible impacto emocional se fueron atando algunos de los muchos cabos que dejaba suelto este aterrador y dantesco suceso para explicarse las circunstancias y el móvil de tan brutal y horroroso crimen que conmovió a la tranquila comarca de la Ribeira Sacra y por ende a la rural y pacífica Galicia de los sesenta.

El asesino -según todos los indicios hallados a posteriori- pretendía cortejar a Pilar Fontao, con la que supuestamente había mantenido una relación que nunca había llegado a fructificar. Ramón Portomeñe, que en el momento de producirse el trágico suceso era estudiante de quinto de bachillerato en el Instituto Masculino de Lugo, había escrito continuas cartas a la joven en las que le imploraba el establecimiento de una relación formal. Sin embargo, ella había rechazado de forma firme y tajante las proposiciones que le hacía quien, a la postre, se terminaría convirtiendo en su dramático verdugo. Además del incesante y abrumador acoso al que sometía a Pilar Fontao, esta pobre infortunada era objeto también de un constante chantaje emocional. El autor del crimen que acabaría con su vida le amenazaba reiteradamente a través de las frecuentes misivas que le enviaba con suicidarse en caso de que ella continuase obviando sus más que obsesivas peticiones.

Rechazo

La gota que colmó el vaso se produjo el domingo anterior al sangriento suceso. En el transcurso de una verbena celebrada en una parroquia próxima a la villa de Taboada, a la que asistieron ambos jóvenes, la chica se negó a bailar con Ramón Portomeñe, lo cual debió haberle herido y hasta traumatizado de sobremanera en su honor y orgullo personal, o tal vez sentirse rechazado en una magnitud que el consideraba extrema para que se decidiera a dar tan cruel y despiadado paso por lo que el consideraba un despecho poco menos que imperdonable.

Aunque se desconoce a ciencia cierta como sucedieron los hechos, se supone que el mozo se dirigió a casa de la joven y continuó acechándola y amenazándola. Lo peor de todo es que en esta ocasión iba armado con una escopeta de caza. En su enfermiza y perenne obsesión, Ramón no estaba dispuesto por nada del mundo a perder a la joven que constantemente embargaba sus lúgubres pensamientos. Ante el acoso patológico al que era sometida por parte de Portomeñe, su abuela materna Carmen Prado tomó cartas en el asunto, defendiendo a su nieta, circunstancia esta que le acabaría costando la vida de manera trágica. Tal vez sintiéndose acorralado y desangelado tras haber perpetrado un más que horroroso y escabroso crimen, como el que ya no tiene nada que perder o por las funestas consecuencias de su arrogante y sanguinario despecho, el obcecado mozo decidió poner fin a su vida con el mismo arma con la que había ejecutado a su pretendida y a la abuela de esta.

El hecho causaría una profunda conmoción en toda la comarca. Prueba de ello, fue la ingente cantidad de personas que se desplazaron al sepelio de las dos mujeres muertas. El hombre fue enterrado previamente para evitar darle un mayor dramatismo al suceso y de paso ahorrarse también algún doloroso y desagradable incidente. La consternación por este dramático hecho adquirió una dimensión mucho mayor que en otros acontecimientos de tipo sangriento al conocerse que las familias de los fallecidos mantenían unas relaciones muy estrechas y se profesaban mutuamente una más que notable amistad. Además, ambos clanes familiares, que eran muy conocidos en toda la comarca, gozaban de una extraordinaria reputación en toda la Ribeira Sacra.

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